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El hígado de la liebre

#Había una vez en Corea l 2021-11-23

Había una vez en Corea

ⓒ YEOWON MEDIA HANKOOK GARDNER CO. LTD

Hace mucho pero mucho tiempo, cuatro dragones protegían los mares en las cuatro direcciones cardinales. Un día el rey dragón de los mares del sur enfermó gravemente y fue visitado por un santo taoísta:

-Soy un inmortal y mi morada es el cielo. He venido a verte porque me he enterado de tu dolencia.

El santo taoísta le auguró que sanaría si comía hígado de liebre y le dibujó el animal. Luego desapareció sobre una nube.


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Cuando escucharon que la liebre era un animal que vivía en tierra, los ministros se miraron perplejos y en silencio. Entonces la tortuga, que era un funcionario de baja categoría, manifestó con voz apenas audible:

-Yo se la traeré, su majestad. 

La tortuga guardó el dibujo de la liebre en su caparazón y nadó en dirección a tierra firme.


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“¿Dónde diablos encontraré una liebre”, se preguntó la tortuga. 

De pronto vio venir los brincos un animal de pelaje blanco.

Acallando el corazón que le latía fuerte, la tortuga convenció a la liebre de que lo acompañara al palacio submarino del rey dragón.

-Me encantaría visitar ese lugar, pero yo no sé nadar.

-No tiene de qué preocuparse. Solo tiene que aferrarse fuerte a mi caparazón. Me encargaré de traerlo también a la vuelta.

Por temor de que la liebre cambiara de opinión, la tortuga se apresuró a subirla a su caparazón y se zambulló en el mar.


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Los guardias del palacio rodearon a la liebre y la llevaron a rastras ante el rey dragón.

-Escucha bien, liebre. Te han traído hasta aquí porque estoy enfermo y tú eres el remedio a mi dolencia.

La liebre se desesperó al verse en peligro, pero se le ocurrió una buena idea:

-Con todo gusto daría mi vida por su majestad, pero no he traído el hígado conmigo. Como todo el mundo aprecia nuestro hígado por sus propiedades medicinales, lo guardamos en un lugar muy escondido cuando tenemos que salir de casa.

Después de engañar de esta manera al rey dragón, la liebre se subió de nuevo sobre la tortuga y llegó a tierra firme.


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-¡Vamos, señor liebre! Tenemos que ir a buscar su hígado.

-¡Qué tonto eres! ¿De veras te creíste esa historia? ¿Qué animal puede sacarse y ponerse el hígado a su antojo?

La tortuga se quedó llorando amargamente, sin atreverse a volver al palacio submarino con las manos vacías.


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Un rato después volvió la liebre y le entregó a la tortuga una bolsita con sus heces, explicándole que tenían propiedades medicinales. El rey dragón recuperó la salud a los pocos días de ingerir la caca de liebre creyendo que era un buen remedio y la tortuga fue recompensada con un alto cargo en la corte. 

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